martes, 19 de marzo de 2013

Escribí este artículo dos meses antes del inicio de la guerra de Irak

4-1-2003


Irak. Alea jacta est. La suerte está echada.

Desde que nos bajamos de los árboles, los seres humanos hemos dirimido nuestras cuitas de muy diversas formas, ya sea con diálogo, compartiendo el objeto de la disputa, con un soplamocos o con la guerra. Una simple diferencia de opinión, la ambición o el liderazgo, la escasez de algún recurso o un territorio de caza, pesca o recolección han sido las excusas para organizar enemistades, rivalidades o matanzas, todo muy humano según los antropólogos. Ahora vivimos en tribus más grandes, en estados dotados de unos temibles ejércitos, y así los insultos los hemos sustituido por misiles y las bofetadas por bombardeos. Escalada en el conflicto lo llaman.

Dicen que los que no conocen su historia, están condenados a repetirla, así que un somero repaso nos retrotrae a Troya donde Homero nos cuenta que una guerra se fundamentó en el amor de una mujer, y por resumir, damos un salto a la singular lectura de la historia de algunos líderes del siglo XX, que se creían iluminados ya sea de dios o de alguna idea de raza o territorio, y que justificaron un sinfín de batallas. Vemos pues que los orígenes de cualquier guerra se pueden resumir en unos pocos motivos, la percepción del enemigo, el territorio, la historia, la economía, las etnias, la falta de democracia, la pobreza, las cuestiones ambientales o el más puro militarismo. Casi todas las guerras conocidas hasta nuestros días caben en esa clasificación, pero Bush y sus aliados supuestamente han inventado un nuevo motivo: la guerra preventiva. O sea, se ataca “por si acaso”, “tal vez”, “podría ser que”, vamos que agredo porque me da la gana, porque soy más fuerte, el abusón del planeta, y encima mis amigos me apoyan. Y si la ONU se opone, como no tiene forma de imponer ninguna sanción a los USA y aliados, pues ancha es Castilla.

Mientras, los movimientos ciudadanos algo tendríamos que hacer. Mucha gente piensa que no hay que movilizarse porque va a dar igual, porque van a hacer lo que les dé la gana, y si desplazan 100.000 soldados a unos pocos kilómetros de Irak, será para algo. Por muchas manifestaciones que organicemos, por muchas plataformas que montemos, por muchas cartas, mails encadenados o firmas que acumulemos, a los que mandan, a los de uniforme y a los de traje y corbata, les va a entrar por una oreja, y como no llevan nada dentro de su cabeza, les va a salir por la otra. Pues bien, efectivamente, todas esas movilizaciones pueden servir para poco, pero a veces muchos pocos hacen un algo, y varios algos un mucho, y cuando la marea social se mueve es tan molesta para los que tiene el poder como la negra marea que asola nuestras costas. No es lo mismo atacar con el beneplácito de la sociedad que aplaudiría a los héroes caídos por la patria, que tener un ataque de nervios porque se les llenan las calles de Occidente de muchas personas que no comulgan con su militarismo y su prepotencia.

En la primera guerra del Golfo, aquella tormenta del desierto de infausto recuerdo, los aliados sufrieron 400 muertos, buena parte de ellos víctimas del fuego-amigo. Irak perdió más de 100.000 hombres y se inició en aquel país un embargo económico que ha matado a 800.000 niños en 12 años según datos de la FAO, por no contabilizar las personas que mueren de cáncer gracias al uranio empobrecido de las bombas aliadas. 400 frente a casi un millón; no está mal para la contabilidad de los gobiernos de occidente. Entonces no se sacó la tajada adecuada, y hoy el primer mundo consume más y más petróleo (algunos hasta lo tiran al mar en su incompetencia), así que ahora la oportunidad la pintan calva, o sea, que no se la puede coger por los pelos. Para eso ya tenemos un plan. Derrocamos a Sadam, lo demonizamos adecuadamente, ponemos un gobierno títere como hemos hecho en Afganistán, controlamos sus reservas de hidrocarburos, nos quedamos para vigilar el proceso, y así ya tenemos una cabeza de puente en Asia que además nos surte de gasolina barata. En el proceso tendremos que jugar con fuego, y algunas víctimas habrá, más de ellos que de nosotros, pero las nuestras serán importantes para ver lo malos que eran esos salvajes. Y si no los matan ellos, ya usamos nuestro propio fuego-amigo, todo sea por un buen espectáculo de himnos y banderas. Así fue hace 12 años y estamos en la taquilla de la segunda parte de esta película, que como si de una de cine se tratara, también tiene su campaña de promoción, su estreno, su marketing asociado, y sus secuelas. Protagonistas, los mismos, aquellos primates que antes se daban bofetadas, que después aprendieron a manejar una estaca y que ahora son capaces de lanzar un misil a 1.500 kilómetros del palacio presidencial, y meterlo por una ventana. Eso sí, los simios ahora ya no van desnudos, porque visten buenos paños o relucientes uniformes. Hemos avanzado mucho para llegar al mismo sitio, pero repito, los que no comulgamos con sus ideas, algo tendremos que hacer. Por lo menos quejarnos. No es mucho pedir.

Mikel Ortiz de Etxebarria
Miembro del KEM-MOC Bilbao o de Gerrarik ez! o de STEE-EILAS o un don nadie

No hay comentarios: