lunes, 15 de marzo de 2010

Elogio de la rutina y su aplicación en la enseñanza

  Ayer Berto Romero, el "sobrino" aventajado de Buenafuente escribía en Público:


[...] Los cómicos protagonistas de “Pájaros de papel”, ópera prima en el cine de Emilio Aragón, pasan gran cantidad de horas mimando, puliendo y ensayando con cariño sus números, a los que se refieren también con el nombre de “rutinas”. Este es el término que se usa en el mundo del espectáculo, más comúnmente entre anglosajones y franceses, para referirse al material de trabajo de los comediantes. Del mismo modo, en el oficio de la interpretación, y en esos mismos idiomas, para definir el acto de llevarlas a cabo se usa el término jugar, es decir “to play” y “jouer”. Y eso es en esencia lo que hacen los niños. Juegan para aprender y aman la rutina sólida y constante, necesaria para desarrollarse de forma sana y construir su mundo. Y no es por casualidad que el juego y la rutina sean las bases del oficio de los artistas, que se ancla fuertemente en la necesidad de alimentar el niño que todos llevamos dentro.

La construcción de rutinas no es patrimonio exclusivo de cómicos, magos y actores, por supuesto. El ser humano es un animal de hábitos. Y, sin embargo, la rutina goza de muy mala prensa. Es una palabra con connotaciones oscuras. Nos asusta y desagrada pensar que caemos en ella. Paradójicamente, cuando nos precipitamos en el desequilibrio y la enfermedad, cuando nuestra vida entra en barrena, el primer paso para volver a recuperar la estabilidad mental pasa por la construcción de rutinas que nos ayuden a retomar el rumbo. [...]


Y yo quiero ir un poco más allá. Mi alumnado cuenta entre sus personajes admirados a actores y actrices, cantantes, músicos, deportistas de élite, artistas, y parece ser que piensan que esa gente es buena en lo suyo porque sí, porque nacieron así, porque sin ningún esfuerzo estaba escrito en sus genes que supiesen tocar el piano de forma magistral o hacer películas sin leer el guión. Cuando en Educación hablamos de "rutinas o costumbres de trabajo" el alumnado y parte de sus progenitores arrugan el morro, y nos espetan lindezas como "es que nos aburrimos", "es que no les motiváis", "es que así no aprenden". A ver, dejemos una cosa clara. El "aprender a hacer algo" ha sido y es para el Homo sapiens sapiens, un PROCESO, muchas veces un TRY&ERROR, siempre algo que mejora con la práctica, es repetir una y otra vez lo aprendido hasta perfeccionarlo. Dos millones de años desde el mono peludo al mono desnudo atestiguan lo anterior.

Nos gustan programas como El Intermedio donde desde la buena mañana los guionistas se afanan en la redacción de textos y en la selección de vídeos; a la tarde los presentadores/as ensayan todo el programa, eliminan lo que no hace gracia y después a la noche lo vuelven a hacer "hasta que queda bien". Ara Malikian es un virtuoso del violín y Lang Lang del piano que llevan desde niños ensayando muchas horas diarias para ser lo que son. Usain Bolt será un portento físico, pero entrena como un salvaje, pule defectos y obtiene records. Pues bien, en nuestro sistema educativo eso de la rutina de trabajo es yuyu, eso de los hábitos de estudio es una labor demasiado pesada y la culpa de que no aprendan es de que los docentes no les motivamos lo sufiente. Estoy hasta las narices de tener que montar todos los días un espectáculo de luz y color para interesar a mi alumnado por el código genético, los orgánulos de las células o cómo se diferencian los seres vivos, y cuando les pido el mínimo esfuerzo de buscar un dato en su adorado tuenti-ordenador, el fracaso es del 80%. El aprendizaje requiere motivación, sí, pero también dedicación, esfuerzo, interés y mucha, mucha rutina, en el sentido más positivo del término. ¡Hala, ya me he desahogado!