lunes, 17 de octubre de 2011

Cómo me enamoré de la lectura y otros cuentos contables (Epílogo)

Con este post acabo de momento la aproximación a cómo llegué a apasionarme con la lectura.

Después de mi adolescencia viajando en rutilantes naves o en tramas de intriga y terror, una vez devorado El Señor de los Anillos versión Discolibro o Círculo de lectores, tapa rosa y los tres libros juntos, llegaron las novelas de las que ya se hablaba en la tele (!) como El Nombre de la Rosa de Umberto Eco. Lo empecé subiendo en un autobús de la Uni, los inefables Saipal que solían ir petados. Conseguí sentarme en sus asientos naranjas y aquella mañana viajé a la Edad Media de la mano de Adso y Guillermo de Baskerville. En la media hora larga de viaje ya estaba enganchado perdidamente al universo de Eco, y aquel día y el siguiente no me vieron por clase. Ni a una fui. Las descripciones pormenorizadas que algunos se saltaban eran gloria y dulzura para mí, era jugar con los conceptos, escupirme desde las páginas "si me entiendes, eres inteligente". Apuntaba los conceptos arquitectónicos que tenía que mirar en el diccionario, me deleitaba con los diálogos entre las distintas órdenes de la iglesia discutiendo sobre si Jesucristo llevaba bolsa o no la llevaba, y sobre todo, me emocionaba con las averiguaciones que fray Guillermo hacía en sus interrogatorios. La tarde del segundo día después de empezar el libro lo acabé y nada más cerrar la tapa trasera del libro, le di la vuelta y empecé de nuevo. Me ha pasado con pocos libros pero lo de éste tuvo delito porque esa semana fue la de Eco. Ocho años después me volví a apasionar con otro de Eco, El Péndulo de Foucault, pero no llegó a ese extremo.

Para acabar con esta serie y volver al tono "discutidor" del blog, voy a hablar de una de mis últimas pasiones, J. K. Rowling. Un compañero de trabajo (¡gracias Koldo!) me regaló el primer libro de Harry Potter "en pago" por una chapuza informática (mi segundo oficio no remunerado es fontanero informático), y un mayo de 2001, creo, empecé la aventura del joven mago. Después de leídas unas cincuenta hojas, ¡cielos!, no me enganchó y decidí dejarlo para vacaciones. La segunda semana de julio, un lunes, lo retomé nada más levantarme y volví a intentar sumergirme en Hogwarts y... ¡zas!, la perdición. Desayuno y libro, camino de la piscina y libro, horas al sol y libro, tarde de sofá y libro hasta que se acabó. Al día siguiente me faltó tiempo para llamar a mi amigo Semi que tenía los dos siguientes de la saga y que fueron los que devoré durante esa semana Potter. La pasión por leer volvía a atacar.

Leer siempre es una aventura, y escribir sobre leer lo ha sido en estos post. Ojalá nuestros peques tuviesen aficiones así de sanas y en cualquier rincón los encontrásemos con un libro, ya sea de papel o digital, pero viajando entre letras, imaginando paisajes, caras y circunstancias, enamorándose de los personajes y viviendo con ellos y ellas epopeyas increíbles. Ojalá!